El hombre del río

Romualfo no era un pescador más, no se dedicaba a pescar con una caña último modelo a los confiados autos marinos amantes de los gusanos. Ni tan siquiera era de esos extravagantes hombres de camisas a rallas azules que coleccionaban botas venidas de quién sabe dónde. No, Romualfo, como antes su padre y antes de este su abuelo (que, curiosamente fue el padre de su padre), utilizaba una heredada caña de bambú indio para repescar recuerdos.
Romualfo se ganaba bien la vida, o eso pensaba él, pues le bastaba una lata de judías y la sonrisa de una dama, niño o anciano para ser feliz. Y las sonrisas le llegaban a diario, pues Romualfo era querido por todo el pueblo.
Gracias a Romualfo las viudas centenarias recordaban sus noches de pasión con difuntos, los niños se estremecían al volver a sentir la llegada al mundo y los pobres el día que fueron ricos. Romualfo, por su parte, sólo había olvidado una cosa, como dejar de pescar.
Textos: Alpargatus
Imágenes: FHNavarro


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